LA BOTICA DEL MONASTERIO DE STA MARÍA DE MONTEDERRAMO (OURENSE): inventario y nuevos datos sobre un patrimonio desaparecido.
En cualquier caso, la presencia de escolares y las numerosas poblaciones dependientes del monasterio, requerían la existencia de unos servicios sanitarios con cierta capacidad de actuación.
El historiador Hipólito de Sa (Boticas monacales y medicina naturista en Galicia, Everest, León, 1983) da cuenta de la existencia de dos Inventarios con información relativa a la botica monástica, uno fechado el 17 de diciembre de 1820 y otro el 13 de noviembre de 1835 gracias a los cuales sabemos que la botica se localizaba en la entrada de la portería, en el local inferior del lado norte del primer claustro, con ventana abierta al exterior para atender las necesidades de la población, como ocurría también en otros monasterios como Oseira, San Clodio o Sobrado, de tal forma que el monje boticario pudiese atender a la población sin necesidad de abandonar la clausura. Posiblemente las dos celdas contiguas al local señalado formarían parte, también, de la pieza de la botica, como alojamiento del monje o de alguno de sus ayudantes.
De la información plasmada en ambos inventarios se puede pensar que, ya en el siglo XIX, la botica había perdido la importancia que pudiera haber tenido en épocas anteriores a la invasión francesa, de la cual, Montederramo no debió salir muy bien parado. Por otro lado, una de las fuentes más interesantes para conocer la evolución de la botica, el denominado “Libro de Cuentas de la botica”, que se conserva en el Archivo Histórico Provincial de Ourense, (Sección Clero, monasterio de Montederramo, Libro de Cuentas, n.º 567) no ofrece datos de la contabilidad de la botica en el siglo XIX porque ésta sólo alcanza hasta el mes de abril de 1792. Podemos pensar que, a partir de ese año comenzase un declive en la actividad de la botica (quizá debido a la presencia de una botica seglar en alguna de las poblaciones cercanas, como Castro Caldelas o Maceda), declive que habría llegado al límite tras el paso de las tropas francesas entre los meses de enero y junio de 1809. Sin duda, el estado de la botica continuó degradándose y, ya en 1820, debía estar en unas condiciones tales que el inventario realizado por los funcionarios gubernamentales apenas repararon en su contenido y, ya en 1835, la botica no debía ser más que una habitación vieja junto a la portería.
Refiere Hipólito de Sa, como único legado de aquella botica, un manuscrito, cuya copia le fue cedida y cuyo paradero desconocemos actualmente, que lleva por título “Alcance fiel y ajustado de las drogas y plantas curativas despachadas en la Botica del Colegio de Nuestra Señora de Montederramo, que hizo el boticario fr. Rosendo González por mandato y obediencia del p. maestro fr. Isidoro Morales, General Reformador de la Regular Observancia de San Bernardo, orden del Cister en España, en el año 1785, siendo abad el p. maestro fr. Atanasio Suárez”. Se trata de un cuadernillo de apenas diez hojas manuscritas por ambas caras en el cual se describe la relación de plantas curativas empleadas en la confección de algunos medicamentos dispensados en aquella botica, hojas, raíces, cortezas, flores, rizomas, etc.
Hasta aquí la información que se tenía acerca de la botica de Montederramo, fruto del trabajo del referido historiador en los archivos de la ciudad de Ourense. Ofrecemos ahora nuevos datos acerca de aquella oficina, datos localizados en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, (Inventario del extinguido monasterio de Santa María de Montederramo, Sección Clero, leg. 4910) en el documento redactado por los comisionados del Gobierno para el inventario de los bienes muebles y semovientes del monasterio de Montederramo, (Sello de oficio, 4 mrs, año de 1821) redactado en la inspección llevada a efecto el día 4 de diciembre del año 1820.
En dicha inspección se revisaron todas las dependencias del monasterio, refectorio, panera, bodega, establos, pajares, cocina, oratorio y, por supuesto, la botica, haciéndose una descripción precisa de todos y cada uno de los objetos existentes en los locales, botica incluida.
Es, por ello, un documento de gran interés para la Historia de la Farmacia porque ofrece datos muy precisos de la pieza de la botica, enumerando los tarros talaveranos, frascos de vidrio y utensilios para el trabajo diario, así como algunas formas farmacéuticas que pudieron hallarse en aquel momento.
Asimismo, del contenido del documento podemos extraer la explicación al pobre estado material de la botica que, para nada, presentaba unas condiciones tan degradadas como suponíamos tras la lectura de la obra de Hipólito de Sa, quien, al no localizar una descripción precisa y detallada de la botica entendió que ésta apenas se mantenía en activo. Sin embargo, tras la lectura del documento que aquí presentamos, se hace evidente que la botica disponía de cientos de tarros de Talavera y de vidrio, así como morteros, almireces, balanzas y material de trabajo, aunque todo ello, cierto es, en bastante mal estado. La causa de aquella situación nos la ofrece el propio documento y era debida a dos motivos; por un lado, a la avanzada edad del monje boticario que, sin duda, apenas debía de ocuparse del mantenimiento de la oficina y de sus enseres, cediendo la atención y cuidado de la misma a ayudantes jóvenes, quizá escolares, a quienes impartía clases de gramática. Por otro lado, se hace referencia a la presencia de una segunda botica, seglar, instalada en el propio Montederramo y, sin duda, ésta era la oficina que en aquellos años atendía ya las necesidades sanitarias y terapéuticas de aquella población, estando, quizá, la botica monástica ya sin servicio para pacientes externos a la casa porque, de otra forma, tendría que estar sujeta a las inspecciones periódicas, que requerirían la presencia de un farmacéutico al frente de la misma.
No queremos dejar de llamar la atención acerca de la triste desaparición de los cientos de tarros de cerámica talaverana, frascos y botellas de vidrio, cajones de madera rotulados con especies botánicas y otros elementos propios de la actividad farmacéutica que, sin duda, conformarían hoy un ejemplo excepcional del patrimonio científico de nuestro país, patrimonio que desapareció en aras de unos intereses espurios y adulterados. No es posible que todas aquellas piezas se rompieran y acabasen en la basura y, por ello, entendemos que algunas se conservan actualmente formando parte de colecciones privadas y, quizá algún día, puedan formar parte de un posible museo de farmacia del monasterio de Montederramo.
SELLO DE OFICIO, 4 MRS, AÑO DE 1821
Dentro del Colegio de Montederramo, a cuatro de diciembre de mil ochocientos veinte, don Manuel M.ª Domínguez y don Manuel G. de Soto, comisionados respectivamente por la Intendencia de esta provincia y por la Comisión general del Crédito Público de este Dist.º y don fr. Fernando Robes, abad de este extinguido monasterio, autorizados para la formación de los cinco inventarios que señala la instrucción provisional de cuatro de noviembre último, por lo concerniente a esta casa y sus dependencias, después de reunidas y hechas cuantas diligencias nos parecieron oportunas para practicar la operación a que estamos encargados hemos procedido al reconocimiento de todas y cada una de las piezas de que se compone esta citada casa y en ellas hemos encontrado, progresivamente una mesa grande de librillo, de buena construcción y buen uso, treinta y tres mesas rasas, otras siete con cajones, diez y siete (…), cinco bancos de respaldo, trece sillas rasas, de moscovia, diecisiete taburetes, cuatro camas colgadas, dieciocho, idem, rasas, tres colchas de Zamora, una de (…) felpada, nueve cobertores, once sábanas, doce almohadas, once fundas, diez colchones, seis jergones, dos mesas de manteles, once servilletas, cinco paños de manos, una toalla o peinador, cuatro fuentes de Talavera, veinte y cuatro platos de lo mismo, veinte y cuatro tazas, doscientas jícaras, tres jarras, cuatro almofias, tres orinales, todo de Talavera, ocho cubiertos de plata, nueve cuchillos con mango de hueso, una cómoda o ropero viejo, dos alacenas, tres armarios ordinarios, once arcas, tres velones de bronce, un caldero grande de cobre, cuatro peroles, tres tarteras, tres potes, tres cazos, tres sartenes, dos cucharones de hierro, dos despumaderas, dos revolvederas, un almirez de bronce, un hacha, una macheta de picar carnes, dos barriles, un llar de chimenea, tres trébedes, unas esparrillas, tres tiestos o coberteras, dos sillas de montar, dos cabezadas con sus frenos, una albarda con sus cinchas, una alforja vieja, veinte y cuatro vasos de vidrio, un ferrado de medir grano, cuarto y medio cuarto, unidos para lo mismo, una pala, dos costales, ocho cubas, de llevar (…), quince estantes para libros, un reloj de campana ordinario, una chujeta, una carpeta, seis cortinas de lona, dos braseros, una palangana de estaño, una servilla de lo mismo, tres cajas de madera con sus sillicos, diez cestos de berga, diez tinajas de barro, una romana con su pilón, un peso grande o balanza con sus tenedores de madera, cuyas pesas de hierro componen ciento treinta libras, cuatro tajos de roble, dos gatos de enmarcar cubas, un caballo negro, de marca, pero inútil, una mula, también de marca y cerrada. En el refectorio, diez mesas cuadrilongas, una redonda, dos alacenas rinconeras, fijas a las dos esquinas colaterales a la puerta de entrada, la que cubre un cancel de la misma construcción que las rinconeras, catorce jarras de Talavera ordinaria, cada una de cuartillo y medio, ocho tablas de manteles más que medio usadas, fábrica del país, catorce vasos de medio cristal, de a medio cuartillo cada uno, un vaso lámpara de bronce, con cuatro mecheros, pendiente de una roldana en que le equilibra un contrapeso de hierro, un crucifijo de madera con su dosel de lo mismo. En la panera alta, ciento treinta fanegas de centeno, de a cinco ferrados cada una, medida de Ávila. En la baja, ciento veinte fanegas del mismo grano, cuya llave se dejó al padre Panero para que, llevando rigurosa cuenta y razón, atienda al consumo de la casa. En la Bodega, ocho cargas de vino que se dejaron para el mismo efecto. En el Oratorio, dos cuerpos de cajones pequeños y lisos, aunque de buen uso y de buena construcción. En el Claustro, frente al refectorio, una campana pequeña, de metal, en la espadaña o torre, una campana grande, otra pequeña y otra mediana. En los Pajares, tres carros de paja, dos de hierba curada, un arado viejo e inútil y su reja, sin que en establos, rediles ni corrales se encontrasen bueyes, carros ni otros aperos de labranza. Se hallaron, además de los referidos ajuares, casi todos más que medio usados, tres bancos rasos, uno de respaldo, tres tarimas rasas, cuatro sillas poltronas de madera y tres arcas que, por viejas e inútiles, no merecen aprecio. En la Botica, tres frascos de vidrio negro, de seis cuartillos cada uno, ciento seis redomas de vidrio común, ciento cincuenta y dos botes mayores de Talavera ordinaria, ochenta y dos menores, de lo mismo, sesenta y tres botes menores, de vidrio, cincuenta y dos frasquillos de lo mismo, sesenta y seis cajones con rótulos botánicos farmacéuticos, cuya estantería coronan treinta y un tarros de Talavera ordinaria. Dichas vasijas contienen aceites destilados, ungüentos, jarabes, aguas destiladas, aceites por expresión, algunas tierras absorbentes, emplastos y algunas hierbas ya envejecidas y deterioradas. Una mesa redonda en el medio de la pieza, con tres cajones, encima de la cual está un escritorio de pintura ordinaria, con tres cajoncitos y, fijo en él, una barrita de hierro que sostiene una balanza con once pesillas de escala desde seis onzas hasta media, dos medidas de onza y media onza, dos almireces de vidrio rotos, otro de mármol, también roto, tres cazos viejos, de cobre, un perol viejo, de lo mismo, dos tamices rotos, dos embudos de hojalata, dos medidas viejas, de lo mismo, tres cacetas de metal, siete espátulas de hierro, una despumadera de cobre, vieja, una retorta de vidrio, un recipiente roto, de lo mismo, trescientas recetas de abono, pendientes de su alambre, sin que en dicha oficina se hallase tarifa, petitorio, libros de reglamento, piedra de levigar, almirez de metal, grande ni pequeños, quina, alcanfor, opio, azogue, castóreo ni otros medicamentos de precio, cuyas faltas deben atribuirse al abandono que en estos últimos años produjo en dicha oficina la avanzada edad del padre boticario, que murió el diez de noviembre último, estando la botica, de mucho tiempo a esta parte al cuidado de muchachos, a quienes él mismo enseñaba Gramática, a demás de haber en este punto otra botica secular, cuyo despacho es sobreabundante para esta corta población y sus cercanías. Las más escrupulosas indagaciones han sido inútiles para haber de hallar más ajuares muebles y semovientes que los que quedan expresados. Acto continuo pasamos al examen de los documentos exhibidos para el reconocimiento de vales reales, créditos contra el Estado y particulares y, del Libro de Caja, resulta haber un vale real de ciento cincuenta pesos a favor de esta casa. Dr. MIGUEL ÁLVAREZ SOAJE


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